miércoles, 31 de agosto de 2022

Aquellos 31 de agosto

 Recuerdo aquellos 31 de agosto tan especiales de mi niñez y primera adolescencia; aquellos en los que no había teléfonos móviles, ni ordenadores personales con los que conectar durante las vacaciones de verano con tus amigos, aquellos en los que el contacto con los compañeros de siempre se limitaba a postales y llamadas desde la cabina telefónica, tras una larga espera en una cola llena de madres con niños y adolescentes románticas que añoraban a sus novios y que alargaban el tiempo de espera a lo que permitiese el monedero con calderilla.

 Aquellos en los que el día de regreso del veraneo oscilaba entre la tristeza de abandonar la libertad y la ausencia de obligaciones (a excepción de la fatídica hora de la siesta y guarda de digestión) y la emoción de compartir con tu confidente de toda la vida, las experiencias vividas, la gente conocida y, sobre todo, ese amor de verano a veces correspondido y a veces, la mayoría, platónico.

 La carrera por  adelantar a los demás miembros de la familia para coger la primera el teléfono de casa al llegar, la esperanza de que al otro lado de la línea también hubiesen regresado pues de no estar en su casa sabías que soltar ese teléfono te enviaba al final de la lista...

 Y por fín, esas conversaciones eternas interrumpidas por el  constante recordatorio parental de que el teléfono era para todos y no se podía acaparar (no creo que ese argumento puedan entenderlo las actuales generaciones). 

 Esas conversaciones en las que intentábamos condensar todas las experiencias vividas entremezclando las palabras, los gritos de emoción y algún que otro sollozo por lo dejado atrás...

 Realmente, en una época en la que nada queda por contar al final del verano pues todo se ha publicado, tuiteado y enviado, aquella emoción del reencuentro ha cambiado, no digo empeorado ni mejorado, sólo se ha evaporado... 

Susana Lagares

viernes, 19 de agosto de 2022

Introducción a nuevo relato

 Tic, tac, tic, tac, tic, tac... 

El sonido del reloj se abría paso hasta sus oídos a pesar de la mucha más cercana algarabía del partido televisado; ni siquiera las voces de los comentaristas, entrenadas para captar la atención del espectador más distraido, impedían que oyese el ritmo monótono y contínuo del reloj de la chimenea.

Era uno de esos días en los que la mente ha divagado tanto y por tantos paisajes mentales que involuntariamente necesita buscar un punto de referencia para anclarse de nuevo a la realidad. 

La noche se antojaba tranquila y de algún modo ya conocida pero aunque durante el día su naturaleza una y otra vez intentaba volar fuera y explorar tantas vidas distintas que sería imposible encauzarlas en una sola, según el sol se difuminaba poco a poco su mente buscaba el refugio de la cotidianidad y la costumbre adquirida.

Y sin embargo aquella noche no sería una noche más, algo en su interior le impedía hundir sus pensamientos en la asombrosa comodidad de la postura imposible con la que hacía suyo uno de los sofás familiares...


Susana Lagares