Recuerdo aquellos 31 de agosto tan especiales de mi niñez y primera adolescencia; aquellos en los que no había teléfonos móviles, ni ordenadores personales con los que conectar durante las vacaciones de verano con tus amigos, aquellos en los que el contacto con los compañeros de siempre se limitaba a postales y llamadas desde la cabina telefónica, tras una larga espera en una cola llena de madres con niños y adolescentes románticas que añoraban a sus novios y que alargaban el tiempo de espera a lo que permitiese el monedero con calderilla.
Aquellos en los que el día de regreso del veraneo oscilaba entre la tristeza de abandonar la libertad y la ausencia de obligaciones (a excepción de la fatídica hora de la siesta y guarda de digestión) y la emoción de compartir con tu confidente de toda la vida, las experiencias vividas, la gente conocida y, sobre todo, ese amor de verano a veces correspondido y a veces, la mayoría, platónico.
La carrera por adelantar a los demás miembros de la familia para coger la primera el teléfono de casa al llegar, la esperanza de que al otro lado de la línea también hubiesen regresado pues de no estar en su casa sabías que soltar ese teléfono te enviaba al final de la lista...
Y por fín, esas conversaciones eternas interrumpidas por el constante recordatorio parental de que el teléfono era para todos y no se podía acaparar (no creo que ese argumento puedan entenderlo las actuales generaciones).
Esas conversaciones en las que intentábamos condensar todas las experiencias vividas entremezclando las palabras, los gritos de emoción y algún que otro sollozo por lo dejado atrás...
Realmente, en una época en la que nada queda por contar al final del verano pues todo se ha publicado, tuiteado y enviado, aquella emoción del reencuentro ha cambiado, no digo empeorado ni mejorado, sólo se ha evaporado...
Susana Lagares