No hay nada especial de
qué escribir, no hay prisas, no hay plazo para acabar…, tan solo,
un teclado y una página en blanco.
Mis dedos se comunican de
una manera extraña, casi mágica con mi mente. No me detengo a
corregir puntuación ni gramática…, tan solo escribo con el
corazón.
Es un momento especial,
no hay nadie alrededor, las hojas se mueven por el viento en una
extraña tarde de agosto; es un susurro suave y continuo que, de
algún modo también mágico, se complementa con el tecleado del
ordenador…, tan solo tengo que extender mis dedos sobre las letras
y éstas forman palabras que, a su vez, forman frases y párrafos.
Mis ojos pasean sobre la
pantalla y descubren como una tarde aparentemente perdida se
convierte en el comienzo de un viaje por el mundo de mis
pensamientos…, tan solo tengo que dejar ir la mente sin interrumpir
su deambular divagante, pero sin impedirla descansar en los recodos
del camino.
Tal vez nada de lo
escrito tenga sentido pero quedará ahí por mucho tiempo, señal
inequívoca de que existió un momento de tranquilidad, incluso tal
vez de hastío, del que no me sentí avergonzada por perder el tiempo
en un mundo acelerado…, tan solo tenga uno de estos momentos cada
muchos momentos, pero cada uno de ellos vale todo el oro del mundo.
Suena el teléfono, la
tarde empieza a tomar realidad y yo debo ir despertando poco a poco
de este sueño…, tan solo el sonido de las teclas perdura de mi
anterior escenario. Hasta el viento parece sentir el fin de este
momento y deja de mover las hojas al otro lado de la ventana.
Sin embargo, a pesar de
la brevedad de esta vivencia, gracias a estas palabras quedará un
recuerdo, un saquito cerrado lleno de pensamientos relajados que
releeré una y otra vez cuando el estrés de la vida actual amenace
con superarme.
Susana
(2.008)
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